La Ría de Bilbao marca el primer golpe de realidad: un salto mítico a aguas tranquilas y la natación al pie del espectacular Museo Guggenheim, con sus placas de titanio casi encima. Es un triatlón de carácter duro, de los que mezclan ciudad, muelles y montaña sin pedir permiso; lo plano queda para nadar y correr, porque la bici es puro producto de la topografía vasca.
Al salir hacia las carreteras sinuosas de los montes cercanos, toca cambiar con “precisión de relojero” y apretar en subidas que muerden, incluida la del Alto del Vivero. Luego vienen bajadas técnicas y rapidísimas, público pegado a los muelles, puentes y rampas, y ese rugido de “Aupa!” que levanta una pared de sonido. Si cruzas el arco con la medalla de “gudari”, lo suyo es acabar en el Casco Viejo con pintxos y txakoli.